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Trujillo en la Guerra del Pacífico

Monumento a los héroes trujillanos de la guerra contra Chile

Uno de los traumas que marcaron nuestra historia fue la derrota sufrida en la Guerra del Pacífico. Derrota ante Chile con el apoyo de Inglaterra, donde aquél fue el instrumento de éste, para apropiarse de los yacimientos salitreros y guaneros del sur peruano. Pero a su vez, fue el reflejo de un Perú dividido por facciones políticas y por una aristocracia centralista que evitaba cualquier vínculo con sus provincias más alejadas, hundiéndolas en el olvido, actitud que fue aprovechada por el enemigo. Esta nefasta guerra generó un prolongado rencor de muchos años que ahora espera superarse después del reciente acuerdo diplomático sobre la delimitación marítima de ambos países.

 Sin embargo, poco se conoce sobre el pernicioso efecto que suscitó en el departamento de La Libertad, y en especial la provincia de Trujillo. Por ello, este artículo tiene como objetivo analizar la reacción de la población trujillana ante la irrupción chilena durante el período que duró esta dicha guerra (1879-1883).

  1. La economía de Trujillo antes del conflicto

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La provincia de Trujillo, en la década de 1870 se encontraba a punto de una extinción de las familias aristocráticas, puesto que los terratenientes nacionales estaban en una plena venta de sus tierras a inversionistas extranjeros. La creciente demanda del azúcar hizo que los extranjeros optaran por conseguir tierras en esta parte del país. No obstante, ya con la guerra de secesión de los Estados Unidos en la década de los 1860, había hecho que las grandes economías vieran, como una inversión favorable, la compra de tierras.

 La economía peruana a vísperas de la Guerra del Pacífico se encontraba en un notable desplome. Si verificamos las cifras de la economía peruana para esa época nos encontraremos con pronunciado declive económico, pues, según Manuel A. Barinaga, ministro de hacienda, en sus memorias sostenía ante el congreso de 1878, en relación al presupuesto para el periodo de 1875-1876, que el déficit fiscal había sido de un total de 24,638.027, tales afirmaciones crearon un problema muy serio para la aprobación del nuevo presupuesto.

  La inversión apresurada o mal planificada, hizo que el progreso del Perú sea retrogrado. Desde antes del gobierno de Balta (1868-1872) se había dado paso al uso inadecuado de los recursos económicos del país, en especial del guano, puesto que éste se encontraba en manos de los consignatarios. Sin embargo, al asumir el poder Balta, en actitud desesperada, opta por monopolizar la exportación del guano, dándole la facultad a la casa francesa Dreyfus, para que tome toda decisión frente a la venta internacional del fertilizante. Asimismo, no tardo tanto para tener por conveniente dar empréstitos al Perú, que terminó dependiendo del mercado monetario europeo.

  En cuanto a la economía provincial de Trujillo se encontraba focaliza en el valle de Chicama, a raíz de la producción azucarera había desarrollado una riqueza sostenible por esos años previos al conflicto. Así también en estos periodos las familias pudientes del valle de Chicama disfrutaban de una vida de estilo señorial en sus elegantes casas y algunos enviaban a sus hijos a estudiar a Europa. Pero la crisis nacional del fertilizante también afectó a la producción azucarera de los hacendados regionales. De tal manera que los diversos propietarios de las pequeñas industrias, quedaron en deuda con diferentes entidades bancarias del exterior. No obstante en la década de 1870, y en particular en los últimos años, el dominio la industria azucarera pasó a dominio de capitalistas extranjeros, dentro de las cuales destacan las familias Gildemeister, Albretch, Grace, Serdio y Larco.

  1. La participación de Trujillo durante la guerra

Subsidio al Ejército Nacional

El 5 de abril de 1879, Chile declara la guerra a Perú y, al conocerse la noticia, toda la ciudad trujillana expresa su solidaridad. El 7 de abril se crea en Lima la Junta Central Administradora de Donativos de Guerra, con el objetivo de percibir los aportes pecuniarios de las provincias. El decreto del 21 de abril dictaminó el compromiso de todos los empleados civiles, judiciales, amanuenses, incluyendo las listas pasivas, al aporte del 20% de sus haberes y pensiones. Asimismo, la Iglesia contribuyó con el 25% de sus rentas. Posteriormente, la ley del 20 de mayo autorizó un empréstito interno por la suma 10’000,000 de soles. Por ello, fue necesaria la apelación a los consejos departamentales.

 En el departamento de Trujillo, el aporte de los diferentes estratos de la ciudadanía logró recaudar, en la primera colecta, la suma de S/. 76, 796.25, invirtiéndose en gastos de guerra S/. 3,855.5. En la segunda, se recabó S/. 4,681.7, invirtiéndose S/. 1,000 en armamento y abastecimiento. El obispo de Trujillo, Mons. Domingo Arméstar, exhortó a los miembros del clero a despojarse de sus haberes en favor de contribuir al mantenimiento del ejército nacional, dejando como ejemplo él mismo donar la mitad de sus rentas hasta el término de la guerra y la de los capitulares, la suscripción del 30% de sus ingresos.

Al mes siguiente de la declaratoria de guerra, se formó en mayo de 1879 una comisión de damas para la creación de las Cruz Roja, que atendería a los patriotas heridos en batalla. Fue elegida presidenta doña María La Torre, e integraban la enfermería las damas Albina Cavero de Orbegoso, Manuela Cabrera de Pinillos, Francisca de O´Donovan, Agustina Aldeoca, Rosa Quintana de Valdivia, Matilde Reyes de Oliva, Tomasa Arbayza de Cedrón, entre otras. La participación activa de la Cruz Roja, sería en 1881, al producirse la segunda invasión chilena a Trujillo.

Además de dinero y abastos, los trujillanos ofrendaron su vida en defensa del honor peruano. La juventud fue la más efusiva en demostrar su amor a la patria. Los alumnos del colegio San Juan y del seminario de San Carlos y San Marcelo, se ofrecieron voluntariamente para conformar el ejército nacional. En Trujillo se convocó a la constitución de batallones, los cuales acudieron tanto jóvenes como adultos. Así surgieron el batallón N° 11 “Libres de Trujillo”, al mando del Coronel Justiniano Borgoño, que guerreo en las batallas de San Juan y Miraflores; el batallón N° 1 de la Guardia Nacional, dirigida por el Coronel Esteban Ríos; el batallón N° 2 “Poto”, comandado por el médico Nicolás de Vega; la Columna N° 2, conformada por profesores y alumnos del colegio San Juan; y otros ignotos batallones N° 3 y 4 “Libres de Trujillo”, “Victoria”, “Prado” y “Chota”.

La ocupación chilena de Trujillo

Los departamentos de la costa norte fueron un principal foco de extorción para alimentar la avaricia chilena. En 1880, el presidente Aníbal Pinto encomendó al capitán Patricio Lynch organizar una fuerza de infantería de marina para hostilizar las empresas azucareras y algodoneras de la costa norte de Perú, desde donde se obtenían recursos para la guerra. El pillaje y la destrucción se expresó en la ocupación de Chimbote, el 10 de septiembre, imponiendo cupos excesivos, que al no cumplir se les expoliaban y destruían sus bienes sin piedad, como la hacienda “Palo Seco” que fue reducida a cenizas. El 19 de septiembre, Lynch arribó a Piura e impuso un cupo de 10,000 pesos de plata, cuya destrucción continuó al incendiar la prefectura, la aduana y la estación del ferrocarril. Al arribar a Lambayeque, Lynch impuso, para conservar las haciendas y casas, un cupo de 150 mil pesos de plata; y en Chiclayo las incendiaron por no cumplir con la demanda.

A mediados de octubre de 188o, Patricio Lynch con 3,500 soldados avanza de San Pedro de Lloc a Malabrigo y luego a la “Viñita” (Ascope), en donde estableció su campamento. Inmediatamente envió a mensajes a todos los hacendados del valle Chicama para el pago de £ 30,000 libras esterlinas (150,000 pesos), además de víveres para alimentar a todo su ejército, bajo la condición de conservar sus haciendas, las estaciones de ferrocarril, el puente que unía Ascope con Trujillo y la infraestructura urbana. Los propietarios sin objetar acataron el pago, acordando una cuota proporcional al valor de cada patrimonio. Las haciendas de “Tulape”, “Facalá”, “Chicamita”, “San Antonio”, “Chiclín”, “Pampas”, “Laredo” y “Chiquitoy” abonaron cada uno £ 1,000; las de “Mocan”, £ 1,500; las de “Santa Ana”, “Lache” y “Santa Clara”, £ 2,500; y £ 500 libras las de “Tachino”, “Minocucho”, “La Viñita” y “Vera Cruz y Salamanca”. La ciudad de Trujillo depositó £ 3,000 libras, sufragadas por el alcalde Cecilio Cox Doray. Finalmente, la cantidad restante fue generosamente completada por Luis Albrecht, propietario de la hacienda “Casa Grande”.

Lynch había conseguido sus objetivos en el norte de Perú: sembrar el pánico, arruinar la economía y obtener grandes sumas de dinero. El regreso precipitado impidió a los chilenos recibir el pago completo, así el “Pirata Rojo” se reembarcó al sur por el puerto de Pacasmayo, a finales de octubre, prometiendo regresar en tres meses.

La segunda ocupación chilena al departamento de La Libertad se produjo en febrero de 1881, ésta vez bajo el mando del coronel Arístides Martínez. Éste comisionó al coronel Eulogio Robles ocupar la Plaza de Armas de Trujillo, el día 18, conquistando el gobierno político y militar de la ciudad. A consecuencia, descendieron del salón consistorial el alcalde Cecilio Crox y el regidor Enrique O’Donovan, en términos de rendición.

 El alcalde se vio obligado a ceder varios inmuebles para la albergar la tropa chilena. Los regimientos chilenos convirtieron en cuarteles los conventos, siendo del “Lautaro” la Universidad (Ex convento de la Compañía de Jesús); “Concepción” ocupó el convento de Santo Domingo; “Zapadores”, el colegio San Juan en el convento de San Francisco; la artillería irrumpió en San Agustín y la caballería en un claustro de educandas al costado de la iglesia del Carmen. El Coronel Arístides Martínez y su estado mayor ocuparon el palacio Iturregui.

A diferencia del “Atila” chileno, Patricio Lynch, el Coronel Martínez fue un caballero respetuoso de la ética de guerra. No abusó de su autoridad como vencedor, evitando realizar depredaciones al patrimonio y deshonras injustas a los vecinos de Trujillo. Incluso dispensó a José Arcila haber apedreado a un oficial chileno, en defensa del su escudo patrio.

Desocupación chilena de Trujillo

En mayo 1883, se acuerda la desocupación definitiva de las tropas chilenas del departamento de la Libertad, incluyendo las provincias de la sierra, concediendo al control peruano los puertos y ferrocarriles. Esto tenía como fin el traslado de Miguel Iglesias de Cajamarca a Trujillo, lugar más adecuado para el ejercicio de su gobierno, pero se vio más factible enviar a un delegado, a fin de que se entendiese con la autoridad chilena todo lo relacionado con la entrega del mando. En una carta enviada por Castro Saldívar a Iglesias se específica los acuerdos previos:

Hemos aprobado el nombramiento que has hecho de tu delegado en favor de Vidal García para que venga a hacerse cargo de Trujillo a nombre tuyo: para efecto se ha acordado, que venga con una fuerza de 100 a 200 hombres bien armados y municionados de tu confianza, los que dejará en Ascope, y sólo con sus ayudantes pasará a Trujillo a ponerse de acuerdo con el jefe de esta plaza sobre el modo como debe dejar esa población retirándose a Chimbote con todas sus fuerzas o a donde le convenga trasladarse; en el acto hará trasladar sus fuerzas Vidal García y se apoderará de este departamento nombrando autoridades, empleados de aduanas, etc.

Al parecer los acuerdos previos se desarrollaron con normalidad posteriormente, pero en esta misma carta Castro Saldívar, recomendaba a Iglesias especiales concesiones para hacendados y personas con puestos lucrativos. Así comunica acerca del contratista del ferrocarril de Salaverry (Larragaña). Este personaje al parecer pagaba 7,000 soles mensuales, pero tenía pérdidas y pensaba retirarse cuando llegara Iglesias a Trujillo. Entonces lo que convenía es que Miguel Iglesias, concediese amplias facultades a Vidal, para reducir impuestos a los hacendados en el valle de Chicama y personas importantes con la finalidad de hacer popular su gobierno.

El 2 de setiembre de 1883, luego de la proclama lanzada en Cajamarca en agosto de ese mismo año, Miguel Iglesias llegó a Trujillo en tren, procedente de Chocope, siendo recibido con alegría y flores, ya que un día antes Vidal García había preparado un espectáculo ostentoso para festejar su llegada. Asimismo se le preparó una misa y un banquete, continuando la fiesta durante toda la noche. Por otra pare y aunque suene irónico, las tropas comandadas por Cáceres en Ayacucho, permanecían en una eminente pobreza, donde el rancho no pasaba de un poco de “cancha”, un mate y a veces una copa de aguardiente.

Como vemos una vez, salidos los chilenos del territorio liberteño y a la llegada de Iglesias a Trujillo, este a pesar de que su mandato no era legitimado, se estableció en Lima y empezó a nombrar autoridades en diversas localidades, pero extendernos aquí es salirnos del contexto a estudiar.

 Para 1884, el panorama aparece más favorable, ya no se evidencia presencia chilena en Trujillo. La proclama hecha por el jefe superior, político y militar del departamento de la Libertad, José Mercedes Puga, el 8 de febrero del año en mención, deja notar a ambiente más calmado: «Nada se ha perdido cuando queda de pie un pueblo que mantiene vivos los sentimientos de la dignidad y del amor a la patria, que es aún, sensible a los estímulos mutuos del deber, de los grandes y ejemplos de la gloria…».

  1. Recuperación de Trujillo en la posguerra

La recuperación económica luego de pasado el conflicto, no fue fácil. La principal fuente económica de Trujillo durante la guerra del pacífico, fue el valle de Chicama, esto por la producción cañera de azúcar que varias haciendas generaban, a pesar que a inicios de este conflicto, el rendimiento de este producto disminuyó en gran medida, sobre todo por la caída del “boom” guanero. La crisis que se generó al término de la guerra, se debió, en gran medida, a la necesidad de debilitar económicamente al Perú, a fin de evitar que continuase con la contienda oresista la ocupación. Con este fin el general chileno Patricio Lynch, controló las haciendas o unidades productivas mediante la imposición de cupos.

Parte de las haciendas del valle de Chicama, se salvaron de la destrucción de los ejércitos chilenos, gracias a los esfuerzos financieros de unos pocos hacendados ricos que pagaron en efectivo un gran cupo al general Lynch. Cuando se restableció la paz, en 1883, la agricultura del valle estaba reducida en gran parte al nivel de subsistencia. Asimismo, la recuperación fue muy lenta en los años inmediatos que siguieron a la guerra. La gran problemática se debía a la falta de facilidades de crédito, la escasez de braceros y la necesidad de remplazar la tecnología existente. Los hacendados que optaron por la recuperación y reconstrucción, en la mayoría de los casos el resultado fue la bancarrota y el juicio hipotecario.

Por otro lado estas condiciones difíciles para la mayoría de los hacendados, fueron aprovechados por otros que poseían mejores condiciones de recuperación económica. Así tenemos a Los hermanos Larco y Juan Gildemeister, quienes rápidamente después de la guerra, comenzaron a comprar las propiedades de los hacendados en bancarrota. Los hermanos Andrés y Rafael Larco, llegaron al Perú por la década de 1850; gracias a las facilidades de crédito que les propiciaron los bancos extranjeros, esto por los buenos lasos financieros que habían desarrollado, convirtiendo la crisis en una ventaja. Los capitales extranjeros podían ser prestados sólo a quienes como los Larco estaban en la capacidad de devolución. Sin embargo, ésta era la mayor dificultad, puesto que la mayoría de los hacendados no estaba en la capacidad de adquirir un crédito. Éstos, al no poder soportar la crisis inmediata de la guerra, se vieron obligados a vender sus propiedades a los hacendados más adinerados como los Larco o Gildemeister, modificando así la estructura de la tenencia de la tierra.

Juan Gildemeister, un alemán que poseía minas de nitrato en el sur del país, las vendió por los años de 1889, y empezó a comprar tierras en el valle de Chicama. Gildemeister hizo lo mismo que los Larco, aprovecharse de la crisis existente para comprar las tierras de los pequeños hacendados. Dentro de estas compras estaba la hacienda de Casa Grande convirtiéndola en el centro de las operaciones azucareras. Otra hacienda que empezó a expandirse de la misma manera fue “Cartavio” pero en menor medida que las anteriores.

El surgimiento de estos tres productores extranjeros, generó difíciles problemas de competencia a los pocos hacendados que todavía quedaban en el valle y habían intentado sobrevivir a la crisis de posguerra. Estos nuevos empresarios azucareros empezaron a aplicar nuevas técnicas productivas en la industria que hasta entonces había operado de la forma tradicional. De esta manera la crisis de los hacendados luego de la Guerra del Pácifico, estaba plagada por una falta total de dinero y, ante la imposibilidad de acceder a créditos extranjeros, se vieron obligados a vender sus propiedades a los nuevos empresarios —Larco, Gildemeister y Grace— monopolizando así toda la producción azucarera del valle de Chicama.

Por su parte, la ciudad de Trujillo golpeada económicamente luego de la guerra, sobre todo por las contribuciones que pedía el consejo departamental para el sostenimiento de la guerra, inició paulatinamente su recuperación. Se evidenciaba, nuevamente, la presencia de mercaderes en la venta de productos importados y, en caso de la de los estratos elevados, las uniones matrimoniales entre los hijos de estas familias y los nuevos hacendados extranjeros, fueron las formas de perennizar los lazos económicos.

La guerra del pacífico dejó una enorme crisis financiera, pero sobre todo una crisis psicológica en la población, que a pesar del paso del tiempo no se ha olvidado. La derrota y desgracia peruana —debido a la división política y de intereses personales— concientizó al Estado el compromiso de inclusión social y la construcción de una identidad nacional.

Hijos de Trujillo que se inmolaron en la guerra contra Chile

Coroneles

Ricardo O’Dónovan (Arica, junio 7 de 1880)

Manuel M. Gómez (Miraflores, enero 15 de 1881)

Julián Cruzado (San Pablo, julio 13 de 1882)

Capitanes

Max. Alvarado

José Morales Ayllón

Ascensión Morales

Fernando Guido

Tenientes

Leopoldo Arias

Federico Ugarte

Manuel Montero

José N. Salazar

Bernardino Cruz

Sub-Tenientes

Hipólito Urquiaga

Manuel Palacios

Eloy Hernández

Sargentos

Carlos E. de la Torre

Lino Washbrum

Francisco Adrianzén

Celso Rodríguez

Gerardo Castro

Pablo Tito Alas

José Nieto

Nemesio Cárdenas

Pablo Jirón

Miguel Urquiaga

Alberto Riesgo

José Dolores López

Manuel Efio

 Soldados

Julio Cáceda

Manuel Romero

Juan Ñique

Adolfo Hidalgo

Ml. M. Barbarán

Juan Neira

Augusto Ugarte

Bibliografía recomendada

BASADRE, Jorge. Historia de la república del Perú (1822-1933). Tomo 8. Lima: La República, 1930.

BONILLA, Heraclio. Un siglo a la derivaEnsayos sobre el Perú, Bolivia y la Guerra. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1980.

CAVIERES FIGUEROA, Eduardo y Cristóbal ALJOVÍN DE LOSADA (comp.). Chile-Perú. Perú-Chile. 1820-1920. Desarrollos políticos, económicos y culturales. Valparaíso: Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Convenio Andrés Bello, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2005.

CENTURIÓN HERRERA, E. El Perú en el Mundo. Bruselas: Établissements Généraux D’Imprimerie, 1939.

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EJÉRCITO NACIONAL DEL PERÚ. Huamachuco y el Alma Nacional. Lima: Ministerio de Guerra, Vol. 1 y 2, 1980.

KAPSOLI ESCUDERO, Wilfredo. “Lambayeque en la coyuntura de la Guerra del Pacífico”. En La Guerra del Pacífico. Tomo II. Lima: UNMSM, 1984, pp. 75-102.

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MCEVOY, Carmen. La Utopía Republicana. Lima, 1979.

VALDIVIEZO GARCÍA, Alfredo. La tragedia del Perú a fines del siglo XIX: el inicio de la Guerra del Pacífico, Trujillo-Perú. Trujillo: Universidad Nacional de Trujillo.

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Autor: Valeria Ávalos Riquelme

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