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Los primeros vecinos de la ciudad de Trujillo

La conquista de Perú y México no fue una empresa estatal, sino empresas privadas. Fueron los mismos conquistadores los que financiaron sus equipos de guerra. Pero antes que bélico, tuvo un carácter predominantemente económico. James Lockhart ha demostrado que la mayoría de conquistadores eran cualquier cosa menos militares y que, esperanzados por adquirir riqueza, tuvieron que empuñar las armas; pero no se consideraron “soldados” —este término fue una exageración de los cronistas posteriores—.[1] En dos palabras, eran “empresarios armados”. Por otro lado, Matthew Restall sostiene que la victoria de los españoles no se debió a su genialidad excepcional, puesto que las estrategias de Cortés y Pizarro pertenecían a procedimientos estándares usados recientemente por España.[2] Este éxito se logró gracias a factores ajenos a ellos, como lo fue la importación de epidemias que barrieron con aproximadamente un 90 % de la población americana. Asimismo, el descontento de los grupos étnicos con el poder central los inclinó a colaborar con los europeos.[3]

En el caso peruano, por un lado, el Tahuantinsuyo era un Estado pero no una nación, puesto que entre sus habitantes existían grupos étnicos que rivalizaban entre sí y ambos contra el Cuzco. Por tal motivo, etnias como los cañaris, chachapoyas, wankas y chimúes vieron en los europeos la oportunidad de liberarse del yugo incaico, sin saber que estaban sembrando las semillas de su propia destrucción, dado que los españoles vinieron a quedarse, y cuando se percataron de esto ya era tarde. Por el otro, la avaricia y el egoísmo de los conquistadores se tornó en una “guerra civil” por las encomiendas, donde muchos que habían hecho fortuna se quedaron sin nada o murieron. En menos de una década del asesinato de Atahualpa, ninguno de los “tres socios” o firmantes de la Conquista (Luque, Almagro y Pizarro) quedó con vida.

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La ubicación del sitio

En 1534, Francisco Pizarro asignó a Diego de Almagro realizar un censo en la costa norteña para premiar a sus hombres. Luego de recibir la noticia sobre la invasión de Pedro de Alvarado a Quito, pactó con éste una entrevista con Pizarro, regresado a Pachacámac. A finales de 1534, Diego de Almagro fundó la villa de Trujillo en el “valle del Chimo” (actualmente de Santa Catalina), en un lugar denominado “Canda”, cerca de la decadente ciudad de Chan Chan (arruinada por los incas). A pesar de su limitación ocular, tuvo “buen ojo” y gran visión geopolítica para acertar un asentamiento próximo a la capital chimú del curaca Caja Zimzim,[4] quien concentraba el tributo de la costa norte y poseía tierras de vasta producción agrícola y, sobre todo, gozaba de yacimientos con tesoros incuantificables, que con el tiempo serían explotadas a través de las “compañías huaqueras”. Además la común hostilidad a los incas, ofrecía a los españoles establecer una alianza con los nativos para subyugar a los “hijos del sol”. Sin embargo, la capitulación de Toledo (26-VII-1529) le había negado tal adjudicación a Almagro, por lo que tuvo que probar vana fortuna en el sur. Su estancia fue efímera, puesto que debía reunir a Alvarado con Pizarro,[5] así que nombró a Martín de Estete (alvarista) como Teniente Capitán, dándole poder para elegir a algunas autoridades.[6] Por tal motivo, Estete se convirtió en el primer urbanista de Trujillo.

Una vez repartidos los primeros solares, el verdadero problema de los conquistadores fue la repartición de tierras e indígenas para su manutención. Como este privilegio distributivo era facultad del gobernador Pizarro, ante el retraso, los vecinos abandonaron la villa, quedando solamente 6 personas, según lo expresó el alcalde Rodrigo Lozano (1537). Es por ello que cuando, habiendo terminado las formalidades fundacionales de Lima, Francisco Pizarro pasó a Trujillo para que el 3 de marzo de 1535 reparta las encomiadas entre los 31 vecinos «que nuevamente se han asentado» y el día 5 legitime el Cabildo con la investidura de sus autoridades respectivas:

A los quales dhos. alcaldes e rregidores e mayordomo procurador e mayordomo de la yglesia Su Señoria rezibio juramento en forma de derecho por Dios e Sancta María e por la señal de la cruz que como buenos e fieles xpianos. usaran bien e fielmente los dichos offiçios y lo que fuere en seruiçio de Dios e de Su Mgd. e bien publico desta dicha villa lo allegaran e [lo que fuere] en su deseruiçio e daño lo apartaran e que en todo e en cada una cosa e parte dello harán lo que buenos alcaldes e rregidores e mayordomo e procu¬rador deuen hazer e a la confussion del dho. juramento que por el dho. señor gouernador les fue fecho dixeron que si juravan e asi jurados el dho. señor governador dio y en¬trego a los dichos Blas de Atienza e Rodrigo Lozano las baras de justiçia que antes tenían de los dichos offiçios e se las dio de nuevo para que usasen dellas por alcaldes hordinarios este presente año de quinyentos e treynta e ginco años e a los dichos rregidores de suso nombrados les mando que usasen los dichos ofiçios según lo … jurado e que si nesçesario hera en nombre de Su Mgd. les daua poder para los usar y exerger quanto de derecho auia lugar.[7]

Fuente: J. Zevallos Quiñones (1996) / M. Vega Cárdenas (2008)
Fuente: J. Zevallos Quiñones (1996) / M. Vega Cárdenas (2008)

Vecinos fundadores y encomenderos

El “vecino fundador” era aquel español  que formó parte de la inauguración de una ciudad, adjudicándose un espacio residencial y una o varias encomiendas, según su posición en la empresa.

La Encomienda se entendía como el derecho otorgado por el rey a un súbdito español (encomendero), en compensación de los servicios que había prestado a la Corona, para recibir los tributos o impuestos por los trabajos que los indios (encomendados) debían cancelar. A cambio el español debía cuidar de ellos tanto en lo espiritual como en lo terrenal, preocupándose de educarlos en la fe cristiana. Aunque las leyes estipularon que los indios deberían ser súbditos libres (asalariados), en la práctica fueron tratados como esclavos.

Los términos repartimiento y encomienda suelen coincidir en algunas ocasiones; pero el segundo es sólo un  tipo del primero. El repartimiento denota un “premio” que fue un término usado en la distribución del botín de guerra entre los conquistadores y que podían comprender tanto metales, animales y tierras como indios; mientras que la encomienda, en América, era exclusivamente de indios.[8] Por otra parte, el repartimiento era un derecho sometido por la fuerza y por tiempo limitado, mientras que la encomienda estaba regulada por un instrumento jurídico y formalista que se consolidó por medio del derecho de sucesión.[9]

La institución de encomiendas se convirtió, en un primer momento, en el pilar fundamental de la sociedad hispano-indígena, siendo la vértebra del asentamiento de los españoles en América, pero con el pasar de los siglos y por la diversificación de la economía fue perdiendo poder y legitimidad.[10]

A pesar que en 1536 se emitió una cédula real para la tasación del tributo de las encomiendas, éstas no llegaron a materializarse sino hasta después de la guerra de encomenderos. Así en la repartición de 1535, los vecinos de Trujillo no tuvieron mayor explicación de las restricciones de sus encomiendas, dándose entonces las condiciones para una explotación ilimitada de los indígenas.[11] De acuerdo con la transcripción del Primer Libro de Cabildos por el escribano Andrés de Obregón en 1610, hallado por el P. Rubén Vargas Ugarte, se consignan 31 vecinos encomenderos, 1 teniente, 2 alcaldes, 5 regidores, 2 mayordomos y 1 procurador.[12] Según Jorge Zevallos la repartición de las encomiendas fue de la siguiente manera:[13]

VECINO FUNDADOR (1535)

ENCOMIENDA

Teniente de capitán y justicia:
Martín de Estete Tributos en Mansiche, Nasapac, Piscobamba y Conchucos
Alcaldes:
Rodrigo Lozano Guañape y Chao
Blas de Atienza Collique
Regidores:
Alonso de Alvarado Tributos en Quisquis-Moro
García de Contreras
Diego Verdejo Cinto
Antonio de Pedro Mato Saña
Pedro Villafranca Chérrepe-Namael
Procurador y mayordomo:
Vítores de Alvarado Quisquis-Moro
Diego de Vega Cinto
Otros:  
Gómez de Alvarado
Melchor Verdugo 7 guarangas de Cajamarca
Lorenzo Ulloa Guambos
Francisco Luis de Alcántara Chuspo
Andrés Varo
Antón Quadrado Valdez
Vicente de Béjar
Garci Holguín Guambacho y Santa
Diego de Mora Chicama
Pedro Gonzales Jequetepeque y San Pedro de Lloc
Juan de Osorno Ferreñafe
Juan Roldán Dávila Túcume
Hernando de Chaves
Mosquera
Cristóbal de Barrientos Saña
Diego de Aguilera Huamachuco
Vargas
Valdés
Miguel de la Serna Chimo y Casma
Trujillo
Miguel Pérez

No se puede precisar la adjudicación de los otros once fundadores. Los beneficiarios deberían de residir en la ciudad por lo menos cuatro años, de lo contrario tendrían que devolver todo lo que hubiesen logrado. El 8 de marzo de 1535, procedieron a concertarse con el clérigo Diego Fernández a celebrar los oficios divinos respectivos, comprometiéndose a darle 100 mil maravedíes cada año de los bienes de Su Majestad y otros 50 mil por parte de los vecinos de la ciudad.[14] Manifestando su fervor religioso, los vecinos de la dicha ciudad fundaron, inmediatamente, la Cofradía de Nuestra Señora de la Concepción y se erigió la iglesia matriz en el lugar que hoy ocupa la Catedral.[15]

La guerra de los encomenderos

encomederos
Ante la radicalización de la rebelión de Gonzalo Pizarro, los encomenderos de Trujillo se pasaron al bando realista, en la figura de Pedro de la Gasca, para evitar la pérdida completa de sus privilegios.

 

En 1536 se reactiva la guerra, primero, contra los últimos descendientes de los incas y, segundo, contra los propios conquistadores y la Corona, que se van a prolongar hasta la muerte de sus principales protagonistas. La rebelión de Manco Inca ocasionó la migración de los moradores de provincias para reforzar la capital. Entonces, Pizarro ordenó a Alonso de Alvarado dejar la conquista de Chachapoyas para despoblar la ciudad de Trujillo, trasladando su gente a la Ciudad de los Reyes, facilitando un navío para recoger a las mujeres, niños y sus patrimonios.[16]

Después de la esgrima entre Almagro y Pizarro que acabó con la muerte de ambos, se instauró el virreinato peruano por disposición de las Leyes Nuevas de Indias (1542), que representaron el triunfo de las prédicas de Bartolomé de las Casas sobre el buen trato a los indígenas. Los conquistadores se indignaron ante la ley sobre el dominio vitalicio y no perpetuo (sucesorio) de las encomiendas, las cuales pasarían a poder de la Corona después de la muerte de ellos. Cuando el virrey Blasco Núñez de Vela vino a cumplir las Nuevas Leyes, se ganó el repudio de los encomenderos. Según el cronista Francisco López de Gómara (1552) —valiéndose de otra fuente, puesto que no arribó a Perú—, relata que cuando el virrey llegó a Trujillo:

[…] hizo pregonar públicamente las ordenanzas, tasar los tributos, ahorrar los indios y vedar que nadie los cargase por la fuerza y sin paga […] Suplicó el pueblo y el cabildo de las ordenanzas […] Él no les otorgó la apelación, antes puso muy graves penas a las justicias que lo contrario hiciesen, diciendo que traía expresísimo mandamiento del emperador para ejecutarlas, sin oír ni conceder apelación alguna […] Vistos por los vecinos su rigor y dureza, aunque buenas palabras, comenzaron a renegar.[17]

Gonzalo Pizarro aprovecho el descontento de la población para iniciar su rebelión, que inicialmente encontró un clima favorable en Trujillo. Así G. Pizarro despachó a sus capitanes Gonzalo Díaz de Pineda y Jerónimo de Villegas a reclutar gente de guerra que se hallasen en la ciudad de Trujillo y Piura. Asimismo, al llegar a Gonzalo al valle del Chimo, fue inicialmente bien recibido por los trujillanos, aguardando que se juntase la gente que envió por diversas partes. Sin embargo, las severas represiones que aplicó contra sus propios partidarios afloró la volatilidad de éstos para pasarse al estandarte realista, liderando Trujillo la contrarrevolución.[18]

Para negociar con los insurgentes, la Corona envió a Pedro de la Gasca y cuando éste arribó a Trujillo en 1547, Diego de Mora, quien había sido teniente de G. Pizarro, se pone a disposición del pacificador. Inmediatamente, se retira a Cajamarca para concentrar ayuda proveniente de Huánuco, Chachapoyas y Quito para sofocar a los hostiles.[19] Al siguiente año, Pizarro —quedándose con pocos efectivos— fue derrotado en la batalla de Jaquijahuana y luego ejecutado en el Cuzco, dejando las encomiendas al servicio de Su Majestad.[20]

Después de que La Gasca repartiera la Huaynarima entre los encomenderos leales, ordenó la primera tasación general. Encargó al arzobispo Jerónimo de Loayza, Tomás de San Martín y Domingo de Santo Tomás cotejar la tributación de los encomendados. Asimismo ordenó que cada pueblo pagase en función a lo que producía, ya sea en metal y/o especie.[21]

En 1553, la insatisfacción de los encomenderos del sur aún estaba latente por el reparto de Huaynarima, que estalló en la última guerra interna, liderada por Francisco Hernández de Jirón. La Audiencia de Lima pidió apoyo a los encomenderos del norte. Trujillo respondió con un aporte de 43 jinetes enviados por Juan de Sandoval, encomendero de Huamachuco, además de 103 arcabuceros. Se nombró corregidor de Lima a Diego de Mora y director de la campaña a Sandoval, lo que disgustó a Melchor Verdugo que a aspiraba serlo. Extrañamente ocurrió la inesperada muerte de Mora, fundador del primer ingenio azucarero de Sudamérica.[22]

Derrotada en 1554 la sublevación de los “insatisfechos” en la batalla de Pucará (Juliaca), también se derrocó el sueño de los encomenderos de establecer una dinastía feudal con absoluto dominio de sus jurisdicciones.

Conmemorándose 6 años del alzamiento contra la tiranía de Gonzalo Pizarro, en la que los trujillanos levantaron la bandera en nombre del rey el 13 de abril, el cabildo instituye en 1553 la fiesta de la bandera, obligando a todos los vecinos y moradores a realizar recorridos procesionales con dicho estandarte, en la que «prometa q. siruirá con aquella bandera en nombre desta zibdad a … ofresçiere como su leal sudito e basallo».[23]

De abuelo encomendero a nieto pordiosero

Para 1580, ya no sobrevivía ninguno de vecinos fundadores de Trujillo. Éstos dejarán como herencia una devaluación tributaria de sus encomiendas que terminará con la pérdida de las mismas.  Sólo los descendientes de Diego de Mora y Melchor Verdugo lograrán sacar provecho de sus jurisdicciones. La familia Mora, además de su industria azucarera,[24] David Cook señala que controlaba tanto Chicama como Paiján y dominaba el Chimo, Mansiche, Huanchaco, Cao y Chocope, con un total de 6.637 habitantes y 1.605 tributarios.[25]

Puesto que las Nuevas Leyes abolieron la perpetuidad de las encomiendas, éstas se concedieron por dos y hasta tres generaciones. Consumada la dilación, la encomienda regresaba a poder de la Corona y luego era subastada al mejor postor.[26] Para el siglo XVII, las encomiendas adjudicadas por Francisco Pizarro a sus compañeros de lucha, acabaron en posesión de estirpes foráneas, mientras que los hijos de los patricios terminaron en la ruina.

Zevallos señala que el Cabildo de Trujillo al dar un poder a Juan Daza de la Cueva para expresar ciertas peticiones a la realeza, no olvidó recordar que «los hijos y nietos de los Conquistadores han llegado a tanta pobreza que la mayor parte por no tener con que sustentar están ausentes y no parecen y sus casas despobladas». Los virreyes Príncipe de Esquilache y Conde de Castellar se esforzaron por mitigar la deplorable situación; pero la Real Caja no habría su compuerta. Se atendía por medios indirectos más honoríficos que pecuniarios a la pobreza de los que heredaron los servicios prestados.[27]

En 1657, el oidor de la Real Audiencia de Lima, Juan de Padilla informaba a la Corona que: «los descendientes de los Conquistadores deste Reyno […] parecen de hambre en el que descubrieron y conquistaron sus abuelos […] los nietos de los Conquistadores los más mueren de hambre».[28] A pesar de la querella nada mejoró, solamente se rebajaron los impuestos a los encomenderos. Para el siglo XVIII, el asunto ya estaba cerrado.

A medida que avanzaron los siglos XVI y XVII, se fue diversificando la economía y el beneficio económico era más notable a través de la minería y el comercio que en las rentas de encomiendas. Desde finales del siglo XVII, la encomienda fue perdiendo estatus, puesto que, al ser concebido como un goce de tributo temporal, en cualquier momento la Corona podía revocar tal privilegio cuando mejor le convenía. Durante el siglo XVIII, el Estado fue incorporando las encomiendas a su patrimonio y a inicios del siglo XIX fue muy raro encontrar a algún encomendero, como el Marqués de Lara en Tarapacá (1814).

De esta manera, la ambición de los conquistadores por convertirse en señores feudales con dominio ilimitado sobre sus tierras e indios se expresó en la protesta contra las leyes reales sobre el recorte de poderes al extremo de iniciar en Perú el grito de independencia de América cuando Gonzalo Pizarro y sus seguidores rechazaron la autoridad colonial, asesinando al primer virrey. Esta insolencia, sumado a la quejas de los sacerdotes sobre el maltrato a los indígenas, permitió a la Corona española justificar las vacancias de las encomiendas que al final pasaron a su patrimonio.

Cuando Francisco Pizarro repartió las encomiendas en marzo de 1535, los vecinos de Trujillo esperaban instituir una dinastía feudal con dominio absoluto de sus circunscripciones. Pero el rey vio restringida su autoridad en América, así que, aprovechando las quejas de los sacerdotes por el maltrato de los indios, estatizó las encomiendas y las otorgó en concesiones. Asimismo, la Corona decretó un corpus jurídico especial para las Indias con el objetivo de regular la vida material y espiritual de sus súbditos y evitar las arbitrariedades contra los indígenas. Pero la distancia geográfica la volvió “letra muerta” dentro del gobierno local.[29]

Referencias:

[1]  Lockhart, James. Los de Cajamarca. Un estudio social y biográfico de los primeros conquistadores del Perú. Tomo I. Lima: Milla Batres, 1986, pp. 31-34.

[2]  Restall, Matthew. Los siete mitos de la conquista española. Barcelona: Paidós, 2004, pp. 56-57.

[3]  Ídem, pp. 200-202.

[4]  Vargas Ugarte, Rubén. “Fragmentos de una historia de Trujillo” En De la conquista a la república: Artículos históricos. 1° serie. Lima, 1942, p. 57.

[5]  Zárate, Agustín de. Historia del Descubrimiento y Conquista de la Provincia del Perú y de las guerras que hay en ella. En Crónicas de la Conquista del Perú. México D.F.: Nueva España, 1947, p. 581.

[6] Vargas Ugarte, Rubén S.J. “La fecha de la fundación de Trujillo”. Revista Histórica. Lima, año X, 1936, pp. 236.

[7] Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Francisco Pizarro. Testimonio: Documentos oficiales, cartas y escritos varios. Editado por Guillermo Lohmann Villena. Madrid: Centro de Estudios Históricos, Departamento de Historia de América “Fernández de Oviedo”, 1986,  p. 176.

[8]  La Puente Brunke, José de. Encomienda y encomenderos en el Perú. Estudio social y político de una institución colonial. Sevilla: Diputación Provincial de Sevilla, 1992, pp. 14-15.

[9]  Otero, Gustavo Adolfo. La vida social en el coloniaje. La Paz: Rolando Díaz de Medina, 2011, p. 108.

[10]   La Puente Brunke, José de, óp. cit., pp. 68-70.

[11]  Ídem, p. 19.

[12]  Vargas Ugarte, Rubén S.J., óp. cit., p. 235.

[13] Zevallos Quiñones, Jorge. Los fundadores y primeros pobladores de Trujillo del Perú. Tomo I. Trujillo: Fundación Alfredo Pinillos Goicochea, 1996, p. 13.

[14]  Vargas Ugarte. Rubén, óp. cit., pp. 237-238.

[15]  Zevallos Quiñones, Jorge, óp. cit., p. 14.

[16]  López de Gómara, Francisco. Historia General de las Indias y vida de Hernán Cortés. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979, cap. CXXXVI, p. 196.

[17] Ídem, cap. CLV, p. 222.

[18] Zárate, Agustín de, óp. cit., libro quinto, cap. XVIII-XX, pp. 726-733.

[19] Ídem, libro sexto, cap. XI, pp. 822-823.

[20] Pizarro, Pedro. Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú. Lima: PUCP, 1986, cap. XXXII, p. 232.

[21] Cf. López de Gómara, Francisco, óp. cit., pp. 273-274.

[22] Zevallos Quiñones, Jorge, óp. cit., p. 22.

[23] ACT, sesión del 27 de febrero de 1553, Tomo I, 1968, p. 122.

[24] CEHEP. Monografía de la Diócesis de Trujillo. Tomo I. Trujillo: Imprenta Diocesana, 1930, p. 37.

[25]  Cook, Noble David. La catástrofe demográfica andina. Perú 1520-1620. Lima: PUCP, 2010, p. 193.

[26] Cf. Otero, Gustavo. óp. cit., pp. 107-109.

[27] Zevallos Quiñones, Jorge, óp. cit., p. 28.

[28] Ibíd.

[29]  Basadre Ayulo, Jorge. Historia del Derecho. Lima: Fundación M. J. Bustamante De la Fuente, 1993, p. 342.

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Autor: Juan Carlos Chávez Marquina

Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Trujillo. Cursa estudios de Maestría en Gestión Cultural, Patrimonio y Turismo en la Universidad de San Martín de Porres. Tiene estudios en Tecnologías de la Información y Comunicación. Trabajó como historiador en la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad. E-mail: jc.chavez@truxillo.pe

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